A
l sur de la Ciudad de México, en tierra de volcanes y canteras, aislada del movimiento voraz de la metrópoli, Perla Valtierra construyó su refugio. Es un espacio resguardado por altos árboles, envuelto en el silbido del viento y el arrullo del río.

En este nuevo destino, parte de nuestra travesía latinoamericana descubriendo el universo de los sibaritas, la diseñadora de objetos - quien encontró en la tierra y la arcilla su lenguaje fundamental - nos abrió las puertas de su casa-estudio. Hija del fotoperiodista Pedro Valtierra, Perla creció acompañando a su padre en viajes y reportajes por el campo y las carreteras de México. De esa infancia itinerante aprendió la disciplina de la mirada: la importancia de observar atentamente. No solo para contemplar lo ajeno, sino para escudriñar lo propio.
«Mis papás siempre muy orgullosos de México y como de las raíces y sobre todo de esa vida sencilla en la que se honraba mucho de dónde vienes, la tierra, el campo, la comida, una sopita de fideos...»
El oficio de su padre y sus imágenes de la vida real, sembraron en ella una fascinación por lo cotidiano. Aunque muchos la nombran ceramista, ella se define como una aprendiz constante del barro y, ante todo, una diseñadora de objetos utilitarios. Para Perla es esencial que sus piezas no sean simplemente adornos de exhibición, sino que tengan un lugar vivo y orgánico en el día a día de las personas: que la gente “las sostenga, sirva en ellas un caldo o un té calientito”, y sienta el confort de la materia. Sus inspiraciones y paletas cromáticas -como los violetas de su infancia o el verde agave de una alcachofa terminada en el plato - demuestran que lo cotidiano es una fuente inagotable de poética.
«Me acuerdo, por ejemplo, cuando estaba en Zacatecas, estaba haciendo un proyecto allá, eran muchos vasos de diferentes tamaños, pero había un montón de colores azules y verdes y turquesas, había una cosa de cómo yo iba escogiendo los colores, como que al final esta niña que fui, que vio los cielos en Zacatecas, estaba eligiendo»

El apellido Valtierra, de resonancia casi profética, pareció trazar su destino con el terroir. La alquimia de la transformación del barro y las infinitas posibilidades que ofrece la tierra reflejan la manera en que Perla interpreta el mundo: una permanente curiosidad por lo que sucede en su entorno.
Perla es, además, una mujer guiada por los aromas. Comprende el poder del olfato como un ancla sensitiva para traer el espíritu al presente. En su jardín, el romero y la ruda limpian la atmósfera; en su estudio, los inciensos ceremoniales de larga duración o los sprays relajantes en su auto marcan la pauta para pausar, respirar e iniciar una conversación. Todos estos rituales adquieren sentido cuando se entiende que Perla es una mujer de altares.
En cada rincón de su casa encuentras -de repente- pequeños santuarios personales: colecciones de piedras juntadas, vasijas de Japón, muestras de esmaltes, velas e imágenes de los seres queridos que ya no están.
«Tengo un altar, literal un altar, en el que tengo cosas que son como para mí muy preciosas, ¿no? O sea, o que significan algo, o que traje de algún lugar, o que me encontré una piedrita, o una vela, o tengo las fotos de la gente que quiero que ya no está.»
A través de estos montajes, Perla otorga un carácter sagrado a las cosas sencillas. Cada objeto está allí para recordar un lugar, evocar una presencia o invocar la calidez del hogar. La casa entera es un gran altar concebido para el resguardo y la hospitalidad. Aunque celosa de su intimidad, cuando abre sus puertas lo hace para nutrir: siempre hay una bebida caliente, un caldito y un refugio donde sus amigas se relajan, sus gatas Chona y Camelia exploran, y el tiempo parece detenerse frente al jardín.

Su trabajo la ha llevado a comprender que existen hilos invisibles que nos unen como seres humanos. Sin importar la cultura o el origen hay elementos universales que nos conectan desde un lugar sensorio y profundo:
«... si estudias cerámica, la primera forma, la pieza formal, la primera que existe en todos lados, sea en Japón, o en Grecia, o en Perú, es igual. Eso a mí me impresionaba porque siento que como humanos tenemos esas conexiones muy sensoriales de cosas que ni siquiera entendemos.»
Ser un sibarita, en la voz y el espacio de Perla Valtierra, es el arte de recolectar vivencias, aromas, objetos e historias para nutrir la cotidianeidad y tender puentes hacia los demás. Es saber elegir unos limones en el mercado, encender una vela, cuidar una planta o reconocer esa belleza humilde que nos iguala a todos. En última instancia, la casa de Perla es un altar dedicado a la memoria, a la poética de lo sencillo y a la dicha de habitar el presente, de poder construir un mundo propio.
Por Samuel Santamaría.
Fotos por Carlos de Manuel.
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