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acompañados por el verdor tropical de Medellín, entre sus empinadas montañas, llegamos a una nueva parada en nuestra travesía junto a sibaritas latinoamericanos: esta vez en nuestro país, Colombia.
Daniel Correa, director creativo y fundador de Cinco Sólidos, nos dio la bienvenida a la ciudad que lo vio nacer y donde actualmente habita. Aunque su formación original es en ingeniería, el diseño y la creatividad se convirtieron en una ruta inevitable que lo llevó a dedicarse a “crear experiencias y emociones a través de la arquitectura y el diseño.” Una premisa que no es menor, pues su propia casa es un territorio que entrelaza emociones y experiencias.

Llegar a la casa de Daniel es adentrarse en una cueva verde en medio de la ciudad. Los frondosos árboles de mango que rodean los ventanales aíslan el bullicio de Medellín y, de repente, transportan a un santuario de silencio, escondido entre la naturaleza citadina. Para él, las plantas albergan un carácter sagrado y casi mágico, capaz de expandir la mente hacia infinitas posibilidades de creación:
"Hay una parte muy curiosa que es un acercamiento que vengo teniendo con diferentes plantas. Siento que hay un poder en ellas que abre una visión diferente del mundo, de cómo interactuamos con los materiales y de cómo esos materiales pueden hacer parte de nuestros proyectos."

Su casa es un espacio que se desborda en curiosidad y potencia creativa; un lienzo en constante mutación que funciona de manera simultánea como espacio de juegos y gabinete de curiosidades. Nada aquí es estático: la modulación del área social cambia continuamente de lugar, obligando a la mente a pensar en el balance visual y el peso de cada elemento en el espacio. Cada rincón resguarda infinidad de objetos singulares: piedras, cerámicas, hojas secas, dibujos, esculturas, flores, tarros, jarrones, máscaras, palitos, telas e hilos, un "museo de objetos":
"Cuando invito amigos o personas cercanas a mi espacio, creo que lo que más llama la atención es ir descubriendo y encontrando todos esos objetos que, entre sí, parecen no tener conexión. Tienen un valor sentimental y comunitario, más que un valor económico."
En este lienzo que ha creado Daniel para habitar, todo se transforma, nada es estático. Para él, habitarlo es un juego de infinitas posibilidades; un ejercicio constante de reacomodar, rehabitar y descubrir en su propio hogar nuevas formas de estar y de ejercer la creatividad. Más que un coleccionista de objetos, Daniel se considera un coleccionista de historias, pues son esos objetos-relatos los que nos vinculan con la vida y nos generan pertenencia. Una casa, más que un espacio físico, la entiende como una sensación: un lugar para “sentirse seguro, conectarse con el entorno, soltarse, ser uno mismo y estar tranquilo.”

La atmósfera de su casa está profundamente impregnada de contrastes y sensaciones. La cocina y la planta intermedia estallan en carácter con un piso rojo vibrante acompañado de cerámicas verdes y un mostrario de objetos diversos. En contraste, la sala y la habitación se despliegan blancas, serenas y vestidas de lino; un refugio de aire zen que te invita a pausar, acomodarte y quedarte. En toda la casa, una colección de luces de distintos colores —una fascinación casi obsesiva de Daniel— moldea la percepción del espacio y sus rincones a lo largo del día.
Pero habitar no solo se trata de los objetos que nos rodean, sino de los rituales que construimos para disfrutarlos. Existe un arte en aprender a vivir más lento: tomar un café, respirar, leer o detenerse a escuchar una canción. En el caso de Daniel, esa banda sonora la encabeza Aguas de la Amazonía de Philip Glass y Uakti:
"Siento que es una obra maestra y de cierta forma me mete como en un cuento, como en una especie de experiencia que cada vez que lo escucho vuelvo y siento lo mismo que cuando lo escuché la primera vez."

Al final, el espíritu sibarita no tiene que ver necesariamente con el lujo o el acceso a cosas costosas. Se conecta con entender qué nos apasiona, ser fiel a eso y encontrar el tiempo para habitarlo plenamente: ya sea a través de una buena conversación, una taza de café o una tarde dedicada a escuchar música.
Por Samuel Santamaría.
Fotos por Carlos de Manuel.
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