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UNA CASA ABIERTA

La casa-jardín de Max Nuñez 

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ace algunas semanas nos aventuramos en la travesía de visitar distintas ciudades de Latinoamérica en un viaje que buscaba descubrir la forma en la que vive un sibarita latinoamericano. En este recorrido nos encontramos con amigos y creativos que nos abrieron las puertas de sus casas y de su mundo. Nos acompañaron en bellas conversaciones, junto a tazas de café, buena comida y libros, para intentar definir junto a nosotros esta singular palabra: el sibarita. 

 

Nuestra primera parada, Santiago de Chile, nos recibió en medio del invierno, con la cordillera bañada en una espesa nieve sobre su lomo. Los árboles, pintados de un tono marrón, ligeros y deshojados, se posaban silenciosos en las amplias calles de esta ciudad. En medio del frío, el arquitecto y profesor chileno Max Núñez nos dio la bienvenida a su hogar.

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Max lleva poco más de un año y medio habitando este espacio; así que, en cierto modo, es una casa que apenas está descubriendo. Para él, crear un espacio no se trata de imponer un uso rígido, sino de un ejercicio de intención «Crear una casa es generar un marco para contener aquello que es impredecible». Los seres humanos habitamos los espacios desde formas únicas, dinámicas y cambiantes. Al habitar, nos encontramos con aquello que somos capaces de otorgarle al espacio, pero también con lo que la arquitectura nos devuelve a nosotros. A Max, por ejemplo, su casa le ha permitido encontrar apertura: «Es una casa bastante abierta: abierta a recibir gente, abierta a la naturaleza, abierta al cielo... es más abierta que nosotros, quizás». 

Este carácter tan único tiene un origen fascinante: la casa fue imaginada y concebida a partir de la espacialidad de un invernadero. Max trasladó esa lógica a la escala del hábitat humano. El resultado es un lugar diseñado para el desarrollo de la vida: una estructura de altas bóvedas metálicas de 5,50 metros de altura, sostenidas sobre muros de hormigón, que multiplican el aire interior y bañan los espacios de una luz natural continua. A través de sus tres patios y sus amplios ventanales, la casa no solo alberga a la familia, sino que permite que las plantas, sus aromas y el ritmo del sol entren y florezcan. 

“No hay una manera fija de vivir los espacios contemporáneos; hay que ser muy flexible para querer redefinir qué es una casa o un espacio de encuentro. La arquitectura tiene que hacerse esas preguntas y nosotros, como habitantes, tenemos que estar abiertos a explorar.” 

Su fachada de bloques de vidrio genera una relación distinta con el entorno – en contraste a las otras casas del barrio -, tiene una transparencia sutil que captura la atención de los transeúntes y convierte ese espacio en un objeto iluminado hacia afuera, como un faro. “La presencia hacia la calle transmite esta idea de dar la bienvenida, de querer recibir y tener cierta apertura a los amigos y a la familia”. 

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Allí, Max - quien asume con entusiasmo el rol de jardinero de su propio hogar- concibe el espacio bajo la misma dedicación con la que cuida la tierra. Aquí es tal vez donde radica su visión sobre el espíritu sibarita: no como una búsqueda de indulgencia superflua o lujo ostentoso, sino como un ejercicio de cuidado consciente, intención y búsqueda de sentido. 

Frente a una época que suele mirar la palabra "belleza" con desconfianza, Max la reivindica desde la arquitectura, pero despojándola del egoísmo. Para él, la belleza encuentra su sentido cuando no se queda “encerrada en la indulgencia personal ni en el goce individual”. La verdadera belleza debe tener un sentido común en la sociedad; debe entrar en conversación con otras personas y volverse un acto profundo de generosidad. Por eso, su casa se proyecta hacia la calle y se abre sin recelo a recibir gente: porque entiende que la belleza no es un tesoro privado, sino una experiencia viva que adquiere su valor en el acto de compartirse. 

“Creo que la búsqueda de la belleza es algo que hay que tratar de recuperar y que tenga un sentido común en la sociedad.”

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Ese mismo criterio aplica a los objetos que habitan la casa. No hay un plan rígido de interiorismo ni piezas dispuestas para encajar visualmente de forma perfecta. Una mesa y un sofá de orígenes dispares coexisten porque lo que importa es el origen, la intención de su creador y la memoria que conservan. El sibarita cultiva su casa como se cultiva un jardín: indagando la historia detrás de cada objeto, sembrando su entorno con delicadeza y entendiendo que su hogar es, en última instancia, un espacio donde la vida pueda florecer. 

 

Por Samuel Santamaría. 

Fotos por Carlos de Manuel. 

Historias Del Sur

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